domingo, 14 de noviembre de 2010

Pijamas

Domingo, temprano, los pies sacan la cabeza por encima de la frazada, kilométrico manto que cubre todo un cuerpo, todo un universo que yace debajo, en la oscuridad. Es improbable que salga a la luz. Sin siquiera revisar o medir el tiempo -ni siquiera intenta hacerlo- ha decidido esconderse. Debajo del manto kilométrico aguardan aventuras mayores. Los párpados ayudaron a permanecer en estado alfa un rato más hasta que un rugido descomunal proveniente de la puerta de pronto la obliga a moverse. Es un sonido conocido, familiar, materno pero irritante. Comienza entonces a pararse. Primero los brazos, lentamente se abren paso a través de la materia, para luego darle pase a la piernas, monumentales y gordas, que patean enérgicamente la frazada hasta tirarla al suelo. Luego viene el aullido: la boca se abre como una compuerta que expulsa aire muerto, un aliento infecto propio de la mañana, acompañado de un sonido grotesco, como el de un animal exhalando sus últimos segundos de vida. Ya de pie, no queda otra cosa que ver la hora. Doce del día. El domingo siempre fue un día holgazán. Animal sucio, todavía envuelto en un halo de sudor nocturno, se percata que no tiene control de la hora en la que se levanta, pero sí de la suciedad que llevará consigo durante todo el día. 

Hoy ha decidido quedarse en pijamas. 

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